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Los dorados brillos de antaño
CM

Las aguas que atraviesan las tierras de Quiroga esconden brillos de otros tiempos. Buena prueba de ello podemos comprobarlo en el túnel de Montefurado, en Quiroga, y ver cómo la luz se cuela en esta cavidad, revelando la presencia de los protagonistas de una vida de hace, aproximadamente, dieciocho siglos.

En tiempos del emperador Trajano (principios del siglo II d.C.), Roma decide la construcción de esta emblemática obra, convirtiéndose así en el túnel artificial más grande (120 metros de largo, 20 metros de ancho y 20 metros de fondo, en su origen) y más antiguo de los realizados en la Península Ibérica. Las razones de la Urbe no eran otras que poder extraer de las entrañas del río Sil los codiciados brillos dorados que relucen en su lecho: para hacernos una idea de las dimensiones que esta importantísima explotación romana podemos acudir al historiador quirogués D. Ramón Vila Anca, cuando dice que “Plinio el Viejo calculó que, a finales del siglo I d.C., Roma recibía anualmente del NW peninsular cantidades de oro del orden de las 6 Tm”, teniendo en cuenta que en ese cómputo entraban también las Médulas de Carucedo.

Durante siglos llega a Roma el oro de Quiroga, dejando a su paso un innegable halo de historia y misterio, impregnando para siempre la cultura de esta zona, con innumerables rasgos que permanecen visibles hoy en día.

Entre ellos, cabe resaltar de manera muy especial, las plantaciones de olivos en las zonas de Paradaseca, Bendollo, Bendilló, Vilaester, O Ermidón, O Ivedo, A Enciñeira, Vilanuide Montefurado y muchos otros pueblos, que lograron sobrevivir a la drástica orden de los Reyes Católicos, custodiados por pequeños artesanos del aceite que producían a pequeña escala y, en muchos caso, para la subsistencia de la propia familia.

Recientes estudios efectuados por la Universidad de Córdoba en colaboración con el Banco de Germoplasma Vegetal Andaluz, han revelado que “el ADN” de los olivos quirogueses no coincide con ningún otro, que se trata de una variedad autóctona única.

La singularidad del aceite de Quiroga es una característica en sí misma que justifica el interés en degustar tan exclusivo producto, pero a ello hay que sumarle la intensidad de su sabor y su hermoso color dorado que, tal vez, no sea otra cosa que el propio brillo de aquellas pepitas que buscaban los romanos en Montefurado.

Es por todo ello que no puede desaprovecharse la oportunidad de visitar la zona, deleitarse con la emoción que todos cuantos se acercan al túnel romano experimentan, y disfrutar de un paseo por olivares milenarios siendo cómplices, así, de tantos relatos y leyendas germinadas a su sombra, con la luz brillante que lo envuelve todo en estas tierras, pintando de dorado los atardeceres a las riberas del Sil.

PD: Dibujo de D. José Cappa, obtenido de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, documento del Semanario Pintoresco Español de 25 de mayo de 1851, firmado por D. J. R. Figueroa.
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